EN FIEBRE Y CAYENDO

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Bajo esta lluvia todos los jardines me parecen antiguos, idénticos y diferentes a un tiempo, aunque debería decir, también, ajenos a mi propia diferencia e identidad. Sólo parecidos en el punto en el que me encuentro, que no sé muy bien si es llegada o salida, pues únicamente puedo constatar mi propia presencia corroborada por la ausencia de los demás.

Creo que espero, aunque también creo tener la certeza de no hacerlo, ya que conozco bien esa imposibilidad de que se produzca la entrega de un no-infinito consciente de lo deseado, aunque desconozca, del mismo modo, la puerta que me permita salir de este universo inventado por otros.

Cuanto más observo el mundo, más me alejo del equilibrio de sus realidades y de los sueños que todavía viven en mí, con la desesperación de sentirse ignorados.
Nada me pertenece, excepto el pensamiento, el libre albedrío y la lluvia que ha decidido posarse en mí, muerta ya, despojada de la nube que la sostenía en el aire.

¡Quién gota!

Aquellos en los que pienso no son iguales a como los había pensado, en medio de mi silencio o de las horas de soledad en las que busco un olvido que me permanezca y atraviese la intensidad de este vacío, que se lleve el descontento capaz de anular la consciencia del otro. Me veo en la imposibilidad de quedarme quieta entre la indiferencia generalizada que me rodea, tan llena de orden, apariencias, fingimientos…como de inmensas sombras. Nada me gusta.

Somos pedazos de carne ambulante caminando juntos y desconocidos en el mismo parque inundado de lluvia, sin saber nada de nuestra calma o tormenta, tratando de evitar la mirada propia tanto como la ajena.

Mi propio instinto me lleva a la abstracción de cada cosa que sucede, manteniéndome serena en mis ojos como en mi ansiedad, sin creer en nada que no pueda tocar ni sentir, incluso en contra de mi voluntad, con esa monotonía absurda de los días que tanto me hiere.
𝙈𝙖𝙧𝙞𝙖 𝙑𝙞𝙡𝙡𝙖𝙧

EMPEZAR CONSTANTEMENTE

 

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Los caminos de palabras han quedado manuscritos en los parques del otoño, las hojas caídas conocen bien todo lo que ha quedado atrás sin posibilidad de reencuentro. Creo que ya no quiero guardar en mi memoria esa luz de las cosas que se han ido de mí, perturbadas por encontrar verdades inexistentes. Tampoco aquella otra, que se ha visto soberana sobre esta ciudad putrefacta, erigida en viajera llegada de lejos para recalar en este puerto y ser guardiana del mundo y sus quehaceres. Mis sueños se han derrumbado, uno a uno, con sólo pensarla como una campanada sombría.

Los pensamientos que me viven no siguen maldiciones de moda, ni se adecúan a ningún molde o definición inventada por otros, obsoleta ya. Las horas de insomnio nocturno no saben como antes, se han empeñado en tomar el rumbo de pasos desconocidos hasta llegar a la última puerta… allí dónde pueda inventar otro personaje abierto a la incertidumbre del corazón y sus deseos, sin borrarme definitivamente.

VÍDEO-POEMA INAUDIBLE/ RECITAL PM VIGO 15-NOVIEMBRE-2019

‘Escucha cómo cruje de noche el armario’
(Paroles-Palabras/Jacques Prévert)

El poema tomó como punto de partida el verso anterior, perteneciente al poema ‘Las grandes invenciones’, aunque el verso no funciona como un epígrafe pues mi poema nada tiene que ver con él.

 

¡Escuchad!
¡Escuchad cómo cruje la noche!
apretada contra las paredes,
perfilada en cada mueble
y en cada curva de la carretera,
tocando a la noche que la antecede.

No es una noche más,
no una noche cualquiera,
deshilvanada entre estorbo de relojes,
ni una noche menos
resonando en medio del cerebro
devorando cualquier brillo
que se atreva a destacar.

Quizás nadie la ha visto llegar,
tan temprano y acicalada,
entre tanta casualidad,
tantas tarjetas de visita, tantos abrazos…
tanto polvo que nos pellizca los ojos,
y tantas risas por segundo.

Es más fácil
acobardarse bajo el peso del día,
al borde de cualquier hora suelta,
mientras se coagulan los segundos
en sucesión pacífica,
que escuchar una leve canción
escondida entre dos miradas que se cruzan,
dos respiraciones que coinciden
en el secreto de la sencillez.

Todo pasa tan rápido.
Nos bebemos la noche
sin que nadie nos llame a ella,
incapaces
para captar ciertos sonidos mudos,
esas señales que se alojan tranquilas
en medio de nuestros caos cotidianos,
y persistimos en el empeño
de asfixiar lo que no vemos,
y lo que vemos
pero no prestamos atención.

¡Escuchad! Repito.
¡Escuchad!
Cómo cruje la noche,
esta precisa noche,
en la que suenan los cuerpos
y algunas almas se golpean,
salvajemente,
apartadas de cualquier testigo,
y al compás,
de cualquier compás
no compartido,
fugaz,
pero capaz,
de partir hasta el último aliento
de sus propios huesos.

Escuchad cómo se aparta
ese manto de nubes grises
que nubla cualquier otra percepción.

Sólo esos jardines llenos de humanidades
tendidas en el suelo,
como soñando,
han escuchado
ese dominio de la oscuridad,
en medio del frío y la intemperie,
y han perfeccionado,
aún más,
su música
para liberar un vuelo de pájaros
en la primera mañana
cuando la hierba finge llorar.

Cruje la noche,
cada noche,
mientras una mujer,
en cualquier parte,
sufre el sonido
de una puerta que se cierra,
sobre su vida,
para siempre,
y ya no tendrá
ningún mundo para vivir,
y tendrá
que soñar otro,
que deje de gritarle por dentro,
y de cancelar sus emociones.

Esa mujer de cualquier parte,
es una mujer de tamaño natural,
que acaso llame a tu puerta,
alguna vez,
no para pedirte sal, o azúcar,
ni un poquito de atención siquiera,
solo para que sepas que existe.

Ella posee la cualidad
de oír al universo entero
y hasta el giro de la tierra
mientras resiste a su pasado
y persiste en su presente
aunque jamás pondrá en una balanza
su miedo y tu peligro,
en medio de la nada en que apenas existe.

Cruje la noche,
esta misma noche,
la que ninguno escuchamos,
igual que crujen
las hojas secas a nuestros pies
en la parada del autobús
y tu insistes en imaginar el mundo desde la ventana de tu atalaya bebiendo la enésima cerveza barata
mientras Cohen susurra ‘In my secret life’
desde tu ordenador ultra-sensitivo,
porque a nadie le importa si la gente vive o muere
en esta noche o en cualquier otra noche de su vida
o si los barcos toman la deriva de cualquier ruta posible.

Os dejo el vídeo grabado por Toñi Caseiro

SÉPTIMO CIELO

Desde el ojo de buey de la séptima planta la ciudad permanece clandestina, desaparecida de sí misma, oculta toda actividad de luz y calles jeroglíficas bajo una opaca gasa blanca.
La imagino allá abajo, esclava de esta noche acuática que se vende a sus pliegues mientras se humedece su reposo.
Y tiemblo, sé que estoy temblando desde hace horas, aunque intente evadirme con la monotonía de las paredes y los ecos de alguna conversación cercana. Me dejo invadir por la solemnidad sombría de esta niebla que se ha colado en la habitación, con la pretensión de tatuar otro epitafio en mi piel, exenta de lugares y vuelos rasantes. Veo mis ojos reflejados en heridas insospechadas, asombradas por encontrarse con guardianes insomnes que anudan las mismas alturas en cada palabra que se descuelga de mi voz, humanamente posible.
Siento que naufrago en la misma orilla silvestre para descubrir que ya no tengo origen y la brisa es lo único que corre por mis venas, por mucho que intente arroparme por murmullos amables con alguna historia que contar.
El silencio se detiene sobre mi propio silencio, cobijado en la lejanía del recuerdo antiguo y en la sede del sentimiento más primario que fluye cadencioso, independiente de paisajes en penumbra, aunque incapaz de detener las lágrimas que hace rato me estremecen, intentando encontrar esa imprecisa distancia entre el bien y el mal, con el único deseo de vivir y terminar este día curvado y dolorido en el que soñé atrapar una ilusión.
Séptimo cielo. En el otro extremo del pasillo un hombre grita desesperado porque alguien le ha robado el mando de la tele.

RECUERDOS DEL EXTRARRADIO

Desde lo lejos me vigilan las flores del extrarradio que vieron crecer mis días, murieron aquellos descampados…yo olvidé los nombres de sus hierbas. He subido a sus colinas para ver el rostro desatento de la ciudad y la vida, apenas presentida, en sus márgenes. La noche se erige sobre un mar de codicias y las flores que aún no ha vencido el otoño. Traiciono un terreno de factorías y negocios para quedarme con la música de los árboles de un parque y su jerarquía de hojas de colores, quizás encuentre la que aquel día dejaste escondida para mí. Pero sabes que mis movimientos son erráticos desde que mi pequeño gran mundo ardió y ya sólo me muevo en la abstracción, oyendo los últimos pasos de las calles salvajes que se pierden en perspectiva…hasta que suena un portazo doloroso y fijo que quiebra el momento. Desde mi espalda tranquila mis brazos unen los extremos cortados y muertos de los hilos sensibles de ese instante. Todos acaban sus preparativos de marcha, prestos a abandonar la casa del tiempo, guardando recuerdos –a veces pequeños- importantes todos. Yo guardaré una mitad para mañana, en previsión de escasez sobrevenida por causa desconocida, desolación y amaneceres retardados. ¡Valiente salvaje el que logre perturbar esta luz fría y renovada de la noche! Nada tendrá nunca que ver conmigo.

PIEL

EL CALOR DE LA PIEL

Alguien, libre y salvaje, está al acecho de un soplo de aliento que desordene los copos de nieve depositados en tu pelo. Quizás el sencillo contacto de otra piel que te haga perder la costumbre de la tuya mientras se resuelven valles y médanos.

Una vez despeinada la risa ya la ingenuidad se convierte en arte, por el que descienden las yemas de los dedos, trazando nuevas formas que desean ser amadas por tan precioso calor. Es ahí el lugar en el que el estremecimiento se hace dueño de sí mismo y decide buscar hasta el infinito…

M.V.P.

 

AUSENCIA

PRESENCIA-AUSENCIA

(A G. por los momentos de amnesia súbita y ausencias sin explicaciones)

Se desliza el tiempo transparente entre tus labios y mi cintura, mientras persigo tu reino placentero, haciendo pausas antes de bailar en mudanza de cuerpos. Me toca, entonces, esa hoja intacta de tu piel como un lamento que se adentra en un encuentro de caricias para morir, acaso, entre estas aguas de la existencia.
Y es aquí, cuando me demoro y circulo por un tránsito de soles en miniatura, en un momento de sombra tranquila, para pronunciar tu nombre sin saber si la sílaba se tornará en ausencia.

María Villar