S/T

Aldán

PLAYA ALDÁN-1 B.N

Desde que me levanto

nunca sé

desde dónde o quién

llegará el manotazo.

 

Igual de la moto

que va como una bala calle abajo,

o el bocinazo mañanero

del que tiene ansias

por llegar a su cadena de Citroën,

también de ese hombre que habla a gritos con no sé quién,

seguramente le grita al propio teléfono,

inofensivo y en su mano.

 

Me llegan todos los ruidos

de lejos a cerca,

y se van,

como las personas,

sin dejar otro eco

más allá de su recuerdo.

 

Me veo en casa,

sin ganas de trabajar,

ni de oír ninguna voz humana,

con las persianas bajadas a tope,

sintiendo cómo cambian las horas

a través del sonido exterior.

Sin otra cosa que hacer,

salvo comprobar que respiro

y me apetece un café fuerte y solo.

Nada pasaría si no me apeteciera

o si no respirara.

Los gorriones seguirían alborotando en el patio

nerviosos por no haber recibido su pan de hoy, de ayer,

pero se irían en un rato,

como si tal cosa,

a jugar en otro lugar.

 

No sé qué hora es,

o si afuera está oscuro,

aunque tampoco me importa demasiado.

Me llega el repiqueteo suave

de alguna lluvia tímida

tan blanda, que casi puedo sentirla en mi cara.

 

Quizás hoy sea un buen día,

cuando todos los ruidos se marchen,

para terminar en la playa,

sin ver a nadie,

sin que nadie me vea,

sin sentir otro sonido que no sea el del mar,

su sosiego, su olor…

esperando que amanezca de otra manera.

 

María Villar

 

 

 

 

 

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