MODIFICACIONES EN ROJO XXXI

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Se pasa uno la vida abotonando pensamientos en la comisura de los días mientras arde el perfil de la tarde en el filo del horizonte…

¿Para qué todo ello?

Quizás para que su osamenta calcificada no sea lanzada, otra vez, contra el crepúsculo, tratando de llenar lo vacuo de su existencia y merecer una noche repleta de vientos favorables.

Así, en esas penumbras, tan llenas de mar y emociones, se reconstruye segundo a segundo el reflejo de su misma piel, para aparecer fulgurante en naciente aurora. De este modo consigue aparecer, al amanecer, con su edad sonriendo en la palma de sus manos, en un intento de ofrecer la ebriedad genuina de su inquieto corazón.

Con cada instante escala la colina de la reflexión para recoger cosecha de imágenes paliativas que la ayuden a curar los errores cometidos en el cautiverio de sus acciones. Trata de arrancar, incluso, esas bromas que el tiempo regala con inocencia, desconociendo si causará alguna herida en alguna parte de sus vértebras.

Hasta es capaz de dar la vuelta a un bosque para que se desprendan todas las ramas muertas que sólo conceden al conjunto un peso superfluo e inservible.

Se sabe que lleva un mundo escrito en las venas y que por sus poros transpira en esplendor la eternidad consciente, siempre, de la guerra que nos circunda e invade la magia de cada nacimiento y su espacio.

Es esponja adherida al acorde de una sinfonía singular, total, inabarcable. Desde el comienzo del infinito ha aprendido todos los latidos del epicentro del mundo, abarcando hasta el final y su principio.

Pozo de saberes y cielos de todas partes, alrededor de quien danza el bosquejo del tiempo en toda su magnitud y dónde, uno a uno, se construyen todos los momentos de la carne y el alma sujetos, demasiados de ellos, con los clavos más dolorosos fabricados por su propia criatura: la humanidad más inhumana.

 

© María Villar Portas

 

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