MODIFICACIONES EN ROJO -XXVI-

-XXVI-

A veces es necesario marcharse para poder volver. Dejar atrás, con presteza, el abrigo de todos los días, el brillo de las linternas encerradas entre cuatro paredes, y ese mundo que vivimos tan cercano al nuestro que acaba por ser el mismo.

Y no. No quiero seguir soplándole a la comida cuando ya está fría desde hace rato, es como tratar de hacer razonar a un muro de que es manantial y le crecen barbas a sus años de momia.

Ser dueña de mi misma hasta el último temblor de los cartílagos, que mi pulso sea mi desafío aunque se alteren todos los órdenes más allá de costumbres y tradiciones, incluso, aunque mis rasgos languidezcan en una penumbra que sólo yo puedo ver.

Lleva tiempo extrañándome ese extraño nivel en las mareas, esa tiesura que impide que el mar se mueva de sus orillas mientras pretende adueñarse de las voluntades en esa monocordia de olas inexistentes.

El perfil de la falsedad lo invade todo. Nos ha mostrado las hogueras de sus ojos para acelerar el hipnotismo de su canto de sirena, aquel que intenta destruir con sus propios cadáveres lo que otros hemos construido con el ingenuo afán de ser nosotros, auténticos, útiles y, sobre todo, vivos.

No me conformo con inhalar esas voces perfumadas de glorias inexistentes que tan sólo buscan lanzarnos a esos abismos que todo lo ahuyentan, incluso el estrépito de la caída.

No es fácil que mi aflicción se estire más allá de mi propia sombra, por ello procuro no salpicar con mi sal ninguna forma humana mientras mis dedos aún intentan alcanzar otras metas más allá de la inquietud que me producen los días.

Por muy largo que llegue a ser este exilio sé, de antemano, que no tengo herencia alguna en esos edenes que apuntan las estrellas, mi paraíso está entre las mandrágoras y las danzas de los árboles, la primavera y el tuétano de la hierba.

No he levantado en vano mis mástiles para navegar por mares tan muertos y encallar en playas tan austeras en calidez humana pero tan infestadas de mentes esclavas de sí mismas, decadentes cerrojos que todo lo quieren confinar a su propia ineptitud.

Navego entre arboledas, aproando a la luz del tiempo y al silencio, mientras me abraza el aire y la bruma. Nada hay mejor que cruzar ese pasillo que separa la nada de nuestra propia música.

———————-
© María Villar Portas
———————-

BLANCO-NEGRO.ROJO-BBB

Imagen de la red

Anuncios